Estimada Clotilde:
Agradezco enormemente su preocupación hacia mi persona. Realmente el temita del turbante no es uno de los más gratos que me toca vivir, vea usted que sigo soltera. El hombre que deseo es incapaz de aceptarme tal cual soy, por motivos que usted ya conoce.
Admiro su capacidad para intentar convencerme (siempre con buenas intenciones, por supuesto) de que quitármelo es la libertad más grande que puedo regalarme, pero si la analizo más a fondo, me parece desde graciosa hasta inadecuada su propuesta.
El turbante representa para mi el secreto de la vida misma. La juventud eterna es un don que pocas poseemos (Admirable, ¿verdad?) y debemos resguardar a salvo. Cuando yo era niña, prometí a mis ancestros asumir la responsabilidad que esto merecía, incluyendo no revelar nunca el secreto ni quitarme el turbante de mi cabeza.
Sé que quizás no podré tener al hombre de mi vida, pero al ser eternamente joven, posiblemente algún hombre de otro tiempo se fijará en mí puesto que las cosas deben cambiar. El mundo es una constante transformación, y lo que hoy es prohibido, mañana es Ley. Mis anhelos de que esto suceda son gigantescos, día tras día rezo a mi Dios por que haya un cambio de actitud en el mundo, una nueva mentalidad, y lo mejor de todo, ¿sabe qué es? Que va a llegar pronto. Pronto, para mí, serán unos 80 años. ¿Qué me molesta esperar, si voy a seguir poseyendo mi preciosa cara de porcelana?
Lamento que usted no pueda decir lo mismo que yo. Sus años pronto se irán notando en cada arruga de su cara, y su pelo se pondrá blanco como el de su gato. Pero despreocúpese, podrá verme a mí y sentirse joven otra vez. ¿Nunca pensó en visitar al mago para usted? Digo, para hacerse unos retoques mágicos o algo que no la deje como “la vieja bruja”. Disculpe mi discordancia, no se lo tome mal, pero es que cuando una tiene tanta juventud por delante es inevitable realizar ese tipo de comentarios.
Respecto al tema de mi poca capacidad para el habla, o, como usted lo llama, tartamudez, puedo decir que me ofende bastante. Sinceramente es difícil encontrar la palabra precisa al momento exacto, pero nunca imposible. Su mago podría solucionarme cosas al instante, pero, ¿Dónde estaría mi esfuerzo? ¿Qué sería de mi autoestima si todo depende de los otros? Señora Clotilde, la vida es una y está llena de obstáculos. No pretenda seducirme con cosas maravillosas para que mi felicidad esté en éste instante. Soy una princesa que sabe esperar. No como las otras, todas maleducadas y malcriadas, niñas caprichosas. Mi tranquilidad endulza cualquier alma de este planeta, y sé esperar al momento exacto para que la salvación me llegue.
Pronto me conocerán (si es que usted sigue en este mundo) como la reina del habla, de la palabra y de la belleza. Le repito que la paciencia otorga todo, hay que saber esperar para conseguir buenos resultados. Si me dan todo servido, ¿Qué gano? Podría tener a mi príncipe al instante, pero, ¿Me querría por lo que realmente soy?
Yo soy esto. Soy de mi tribu y mi familia usa turbante. Hoy por hoy está prohibido en la del príncipe, pero sé que en otro tiempo todo saldrá mejor. No dejo de admitir que me encantaría que suceda ahora, pero si no se puede lo respeto. Él al igual que yo tiene sus tiempos. Se que en algún momento vendrá hacia mí.
Con respecto a usted, lamento rechazar su propuesta brujita, pero sepa que miles de otras princesas podrán caer en sus hermosas palabras tan encantadoras. Al tener paciencia, pude darme el tiempo necesario para leerla las veces que me fuese necesarias y lograr llegar a la conclusión de que prefiero seguir con mi vida tal cual está. Si hay algún cambio no vendrá de afuera, los cambios se generan de adentro, de uno mismo. Es eso lo que lleva al crecimiento.
Espero que usted pueda encontrar su propio camino sin depender tanto del otro, estoy segura que sus dotes también le cederán lo que busca. ¿Aprendizaje para la vida de una joven princesa? Busque en sí misma. Allí encontrará la respuesta. Cuando entienda que ese final felíz que tanto busca está sobre usted, dejara de intentar convencerme de que confiar en usted es la mejor alternativa.
Cariños, Princesa de las Arenas.
martes, 4 de octubre de 2011
Carta a la princesa de las Arenas
Estimada princesa de las Arenas:
Con mucho respeto me dirijo hacia usted para devolverle las esperanzas.
Tras años de luchar contra lo mismo, sé la frustración que siente al saber que nunca podrá corresponderle a quien usted ama, al príncipe Salomón de Toledo.
Ya son conocidas en todo nuestro reino las tradiciones del pueblo de su imposible: Solo el rey y el príncipe heredero están autorizados a utilizar en su cabeza turbantes. Todo aquel (a excepción de ellos) que lo posea, será considerado enemigo de la patria.
Entiendo cómo se siente, y comprendo sus motivos para no quitarse su turbante.
La tradición familiar tiene un peso enorme en lo que usted lleva puesto, ya que está obligada a transmitir de generación en generación el secreto de la juventud eterna, para que éste prosiga en el tiempo. Pero… ¿Hasta qué punto va a seguir viviendo con ese peso consigo? ¿No le gustaría acaso gritar a cuatro vientos el poder de su turbante? ¿No le agradaría quitase el turbante e ir corriendo en busca de su verdadero amor?
Miles de pensamientos se le deben haber cruzado por su cabeza alguna vez. Es una elección entre él o su tradición. Pero ya sabe que sin turbante, hay príncipe. ¿Qué culpa tiene usted de haberse enamorado de él? Observe que con el simple hecho de quitarse el turbante, usted sería libre de hacer con su vida lo que desee.
Por otra parte, la belleza es una característica en usted que le vino de nacimiento. Sin embargo, él no puede mirarla. Esto se debe a su tradición de pueblo, pero también al horroroso diseño del turbante. No por criticarlo, pero, ¿Nunca se puso a pensar qué pasaría si suelta y muestra ese largo cabello hasta el suelo? Captaría, casi automáticamente, la mirada de todos los príncipes del planeta tierra. Y por supuesto, la de él.
Presiento también que su infelicidad pasa por su incapacidad para hablar correctamente debido a la maldita quemadura que sufrió de pequeña, la cual la volvió tartamuda. ¡Qué desgracia! Si tan solo tuviera el dote de la palabra concreta en el momento justo, le cambiaría todo su panorama actual.
Qué difícil convivir cotidianamente con dificultad para expresar lo que desea. Le juro que entiendo su tristeza, y lo lamento profundamente.
Pero para esto, conozco la solución. Podría darle una cita con el prestigiosísimo mago Leijman, quien podrá curar su problema con sus hechizos tan maravillosos. Yo solo podría atreverme a molestarlo si usted me otorga el turbante, del cual cuidaré como mi tesoro más preciado. Le ofrezco que me lo otorgue a mí, para que usted finalmente pueda entregarse a la felicidad.
La juventud eterna le está costando demasiado cara, ¿no cree?
Apunto al hecho de que: ¿Para qué le sirve nunca envejecer si no va a obtener a quien usted ama de todos modos?
No intento forcejearla a negociar, solo vengo con buenas intenciones para ayudarla a comprender que en realidad, gran parte de su infelicidad está en llevar ese turbante consigo, y que yo se como hacerla felíz.
Siéntese entonces un instante y piense, ¿está dispuesta a ser feliz? Si es real que para el amor no hay fronteras, ¿es capaz de cruzarlas? Piense, piense, piense e imagínese en sesenta años, ya anciana, vieja y no tan bella, pero con quien ama tomándola de la mano cada mañana. Ahora abra los ojos y dígame si no se vio con una enorme sonrisa cubriendo su rostro.
Prometo que, de aceptar mi propuesta, no se va a arrepentir.
Sinceramene,
Clotilda.
Con mucho respeto me dirijo hacia usted para devolverle las esperanzas.
Tras años de luchar contra lo mismo, sé la frustración que siente al saber que nunca podrá corresponderle a quien usted ama, al príncipe Salomón de Toledo.
Ya son conocidas en todo nuestro reino las tradiciones del pueblo de su imposible: Solo el rey y el príncipe heredero están autorizados a utilizar en su cabeza turbantes. Todo aquel (a excepción de ellos) que lo posea, será considerado enemigo de la patria.
Entiendo cómo se siente, y comprendo sus motivos para no quitarse su turbante.
La tradición familiar tiene un peso enorme en lo que usted lleva puesto, ya que está obligada a transmitir de generación en generación el secreto de la juventud eterna, para que éste prosiga en el tiempo. Pero… ¿Hasta qué punto va a seguir viviendo con ese peso consigo? ¿No le gustaría acaso gritar a cuatro vientos el poder de su turbante? ¿No le agradaría quitase el turbante e ir corriendo en busca de su verdadero amor?
Miles de pensamientos se le deben haber cruzado por su cabeza alguna vez. Es una elección entre él o su tradición. Pero ya sabe que sin turbante, hay príncipe. ¿Qué culpa tiene usted de haberse enamorado de él? Observe que con el simple hecho de quitarse el turbante, usted sería libre de hacer con su vida lo que desee.
Por otra parte, la belleza es una característica en usted que le vino de nacimiento. Sin embargo, él no puede mirarla. Esto se debe a su tradición de pueblo, pero también al horroroso diseño del turbante. No por criticarlo, pero, ¿Nunca se puso a pensar qué pasaría si suelta y muestra ese largo cabello hasta el suelo? Captaría, casi automáticamente, la mirada de todos los príncipes del planeta tierra. Y por supuesto, la de él.
Presiento también que su infelicidad pasa por su incapacidad para hablar correctamente debido a la maldita quemadura que sufrió de pequeña, la cual la volvió tartamuda. ¡Qué desgracia! Si tan solo tuviera el dote de la palabra concreta en el momento justo, le cambiaría todo su panorama actual.
Qué difícil convivir cotidianamente con dificultad para expresar lo que desea. Le juro que entiendo su tristeza, y lo lamento profundamente.
Pero para esto, conozco la solución. Podría darle una cita con el prestigiosísimo mago Leijman, quien podrá curar su problema con sus hechizos tan maravillosos. Yo solo podría atreverme a molestarlo si usted me otorga el turbante, del cual cuidaré como mi tesoro más preciado. Le ofrezco que me lo otorgue a mí, para que usted finalmente pueda entregarse a la felicidad.
La juventud eterna le está costando demasiado cara, ¿no cree?
Apunto al hecho de que: ¿Para qué le sirve nunca envejecer si no va a obtener a quien usted ama de todos modos?
No intento forcejearla a negociar, solo vengo con buenas intenciones para ayudarla a comprender que en realidad, gran parte de su infelicidad está en llevar ese turbante consigo, y que yo se como hacerla felíz.
Siéntese entonces un instante y piense, ¿está dispuesta a ser feliz? Si es real que para el amor no hay fronteras, ¿es capaz de cruzarlas? Piense, piense, piense e imagínese en sesenta años, ya anciana, vieja y no tan bella, pero con quien ama tomándola de la mano cada mañana. Ahora abra los ojos y dígame si no se vio con una enorme sonrisa cubriendo su rostro.
Prometo que, de aceptar mi propuesta, no se va a arrepentir.
Sinceramene,
Clotilda.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)