martes, 4 de octubre de 2011

Carta a la princesa de las Arenas

Estimada princesa de las Arenas:
Con mucho respeto me dirijo hacia usted para devolverle las esperanzas.
Tras años de luchar contra lo mismo, sé la frustración que siente al saber que nunca podrá corresponderle a quien usted ama, al príncipe Salomón de Toledo.
Ya son conocidas en todo nuestro reino las tradiciones del pueblo de su imposible: Solo el rey y el príncipe heredero están autorizados a utilizar en su cabeza turbantes. Todo aquel (a excepción de ellos) que lo posea, será considerado enemigo de la patria.
Entiendo cómo se siente, y comprendo sus motivos para no quitarse su turbante.
La tradición familiar tiene un peso enorme en lo que usted lleva puesto, ya que está obligada a transmitir de generación en generación el secreto de la juventud eterna, para que éste prosiga en el tiempo. Pero… ¿Hasta qué punto va a seguir viviendo con ese peso consigo? ¿No le gustaría acaso gritar a cuatro vientos el poder de su turbante? ¿No le agradaría quitase el turbante e ir corriendo en busca de su verdadero amor?
Miles de pensamientos se le deben haber cruzado por su cabeza alguna vez. Es una elección entre él o su tradición. Pero ya sabe que sin turbante, hay príncipe. ¿Qué culpa tiene usted de haberse enamorado de él? Observe que con el simple hecho de quitarse el turbante, usted sería libre de hacer con su vida lo que desee.
Por otra parte, la belleza es una característica en usted que le vino de nacimiento. Sin embargo, él no puede mirarla. Esto se debe a su tradición de pueblo, pero también al horroroso diseño del turbante. No por criticarlo, pero, ¿Nunca se puso a pensar qué pasaría si suelta y muestra ese largo cabello hasta el suelo? Captaría, casi automáticamente, la mirada de todos los príncipes del planeta tierra. Y por supuesto, la de él.
Presiento también que su infelicidad pasa por su incapacidad para hablar correctamente debido a la maldita quemadura que sufrió de pequeña, la cual la volvió tartamuda. ¡Qué desgracia! Si tan solo tuviera el dote de la palabra concreta en el momento justo, le cambiaría todo su panorama actual.
Qué difícil convivir cotidianamente con dificultad para expresar lo que desea. Le juro que entiendo su tristeza, y lo lamento profundamente.
Pero para esto, conozco la solución. Podría darle una cita con el prestigiosísimo mago Leijman, quien podrá curar su problema con sus hechizos tan maravillosos. Yo solo podría atreverme a molestarlo si usted me otorga el turbante, del cual cuidaré como mi tesoro más preciado. Le ofrezco que me lo otorgue a mí, para que usted finalmente pueda entregarse a la felicidad.
La juventud eterna le está costando demasiado cara, ¿no cree?
Apunto al hecho de que: ¿Para qué le sirve nunca envejecer si no va a obtener a quien usted ama de todos modos?
No intento forcejearla a negociar, solo vengo con buenas intenciones para ayudarla a comprender que en realidad, gran parte de su infelicidad está en llevar ese turbante consigo, y que yo se como hacerla felíz.
Siéntese entonces un instante y piense, ¿está dispuesta a ser feliz? Si es real que para el amor no hay fronteras, ¿es capaz de cruzarlas? Piense, piense, piense e imagínese en sesenta años, ya anciana, vieja y no tan bella, pero con quien ama tomándola de la mano cada mañana. Ahora abra los ojos y dígame si no se vio con una enorme sonrisa cubriendo su rostro.
Prometo que, de aceptar mi propuesta, no se va a arrepentir.
Sinceramene,
Clotilda.

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